domingo, agosto 31

Los libros sobre la cama

Los libros sobre la cama se acumulan con los días. Los miércoles Andrea los recoge y los vuelve a poner en orden, es decir: los desordena del orden que tenían en mi desorden. He estado muy dispersa en mis lecturas. Apenas si he tenido la constancia para leer algunos libros completos y de un tirón. Este año ha sido uno de esos en que no logro concentrarme en las lecturas por lo que leo un poco de un libro y lo abandono para ir a leer otro poco de otro. No sé a qué adjudicárselo. La verdad es que prefiero las épocas en que soy consistente y bienportada en mis lecturas. Supongo que es un problema del primer mundo porque recuerdo que cuando no tenía libros en casa para leer y sólo tenía acceso a ellos a través de las bibliotecas tenía que leerlos con orden y disciplina, además de con tiempo medido porque había que devolverlos en el plazo establecido. Ahora tengo varios libreros en casa y a veces me paro frente a ellos sabiendo que esos libros son míos, que me pertenecen. Que puedo leerlos cuando me venga en gana. No hay prisa. Ni orden. Que puedo llevarlos a la cama a que duerman conmigo. No importa que no los lea. Me hace feliz saber que me acompañan durante el sueño. Que algo de lo que los habita está ahí mientras duermo. Es un fetiche, lo sé bien, pero me hace feliz poder cumplirme esa manía. Por supuesto que si estuvieras aquí tendría que habilitar ese librero del que tanto hablo y no he conseguido; enseñarlos a cederte tu lugar acá.

jueves, mayo 8

Bienvenido Vladimir


Este es Vladimir. 
Nació el 27 de marzo de 2014. 
Llegó a nuestras vidas el 7 de abril de 2014 pesando 400 gramos.
Hoy le canté para que se durmiera.

jueves, febrero 27

Los habitantes de la nueva Victoria



La primera vez que lo vi entró al Café Cantón ofreciendo su trabajo a cambio de comida. Un anciano muy delgado con un costal al hombro. Traía un pantalón de vestir que alguna vez fue café claro y una playera roja que ostentaba el nombre de quien hace muchos años fuera candidato a un puesto de elección popular. Su estatura elevada, el cabello cano y el palo que traía en la mano a modo de cayado, báculo o lanza improvisada le daban un aire de Quijote moreno venido a menos, sin locura ni gloria, sin Sancho Panza ni Dulcinea. Un Quijote de a pie, sin Rocinante: sólo un hombre anciano y delgado con hambre pidiendo trabajo para poder comer.

Lo alcancé en la puerta y le dije que si quería desayunar se sentara y pidiera algo, que yo dejaría pagada su cuenta. El hombre aceptó y le trajeron la carta. Primero dijo que comería lo mismo que desayunábamos Perla y yo (entomatadas) pero como su mesa estaba al lado, insistí: puede usted pedir lo que desee, a lo mejor se le antoja otra cosa. El hombre se decidió por unos huevos con papa, chorizo y tocino, además de un café con leche y un pan. 

El caso es que terminamos de desayunar y nos fuimos. El hombre nos dio las gracias. Me gustó su sonrisa y las arrugas de su rostro. Me gustó que nos extendiera la mano y que su apretón fuera firme.

Después lo volví a ver sentado en una esquina con su inseparable costal al lado. Ese día traía un sombrero y esperaba en la sombra. 

Luego me lo topé de nuevo en el Café Cantón, mojaba una concha en un café con leche. 

Otro día lo vi de lejos caminando con su costal por la calle principal del centro. 

Y así.

Antier entró a nuestra cafetería habitual y se sentó en una de las bancas. Fui por un pan de plátano y ordené un café para él.

Ahora, que tengo la certeza de que es Dobbs y yo el hombre del traje blanco (cfr. El tesoro de la Sierra Madre), sé que nos estaremos encontrando constantemente. 

No sé quién es ese hombre ni cuál es su historia pero me hace feliz compartirle un poco de comida de vez en cuando.

jueves, enero 30

Esto no es un rompecabezas.



Llevo días y días escuchando a Dave Brubeck. Descubro en mí la necesidad de un ritmo o una cadencia que vaya atando las palabras y los días. Un pequeño, un finísimo hilo conductor que de sentido al tráfago, a todas las piezas sueltas. Porque en efecto: hay piezas sueltas. 

Decir: "en efecto: hay piezas sueltas" y saber que estas palabras son piezas que están sueltas. Tal vez leer el libro de Allan Kaprow me da todo otro contexto, todo otro escenario para esa clase de pensamientos (como el que acabo de describir) que suelen rondarme con frecuencia. 

No es como si alguien hubiese movido los muebles de su sitio. Es decir, uso esta imagen: uno se despierta o llega a su domicilio y se da cuenta que hay un pequeño movimiento. Un intersticio. Algo ha sido movido o cambiado: algo ya es otro o ya no está como antes. Un imperceptible. Pero no es eso en definitiva de lo que hablo: nada está roto, no hay fricción. 

Se trata si acaso de una flexión. Un rodeo. Algo está dando vueltas: hay piezas sueltas. ¿Qué significa que haya piezas sueltas?

Significa en todo caso que algo no está armado. Que algo está por armarse. Que algo puede ser armado, formado, ordenado. Algo está fraguándose. 

Las piezas sueltas: yo misma. 

Yo soy mis propias piezas sueltas. 

Soy yo quien se rearma. Quien se distancia de sí misma para observar todas sus piezas y notar que hay algunas sueltas.

En dos semanas debo poner todo en cajas. Cajas y cajas. Ordenar un archivo. En todo caso el archivo de mi vida. Mis libros, mi ropa, mis enseres, mi menaje. ¿Somos ese conjunto de objetos que nos circunda? Como una suerte de halo vital, existencial. Somos sartenes y vasos y sábanas. Somos escritorios y lavabos y sandalias. Somos cucharas y lámparas y percheros.

Todo lo nuestro cabe en cajas.

Todo lo que somos, incluso nosotros mismos (lo sabemos, terriblemente lo sabemos), puede ser dispuesto en bolsas negras o en maletas.

Pequeñas cajas para transportar todas las piezas de nuestra existencia.

Me imagino de pronto (mientras escucho Bluette de Brubeck) la enorme carretera pintada de negro de la que habla Kaprow en su happening Lluvia, me imagino también los árboles rojos y los barcos de papel. 

Me imagino también todas mis pertenencias flotando en torno a mí. En pequeñas burbujas. ¿Cuánto es lo que poseemos? Mesas, sillas, un dormitorio, una estufa.

Estoy pensando en objetos y en pertenencias. Descubro que últimamente.
Estoy pensando en cuerpos y tiempo. En cuerpos a través del tiempo. En lo que el tiempo a los cuerpos.
Estoy pensando en cómo pasa el tiempo por los cuerpos.
Estoy pensándote también como un cuerpo.
Estoy pensando en el tiempo y en mi cuerpo.
En el lenguaje.

Me descubro pensando en cómo el tiempo y el lenguaje: los cuerpos.

Una maleta a punto de ser llenada. Una caja de cartón. Una bolsa de plástico.

Estoy pensando en escenarios y en cómo estos se mueven a través del tiempo. Estoy pensando en una cadena de palabras y en registros.

En registros puntuales de nuestras palabras y nuestros silencios.
Estoy pensando en bitácoras y cartografías.
En partituras pienso.
En las piezas sueltas y en el lenguaje.

En cómo ordenar. Cómo armar.

Estoy dejando que la partitura sea Brubeck.
Estoy dejando que todo se salga del lienzo.
Estoy dejando, en efecto, sí, algunas piezas sueltas.



lunes, enero 27

Como si todo ocurriese sólo para el registro


Me falta vida/tiempo para todos esos apuntes que quisiera hacer. Como si la vida, además de vivida, debiese ser descrita, escrita, y por supuesto reescrita. Vuelvo a la necesidad de registro. Esa que nunca se ha ido. No sé por qué hay en mí esta necesidad de registrarlo todo. Esta conciencia tan marcada y aguafiestas de lo efímero. Quiero apuntarlo todo y apuntar que estoy apuntando. Necesito esta clase de relectura. Como si al final del día tuviese que volver y revolver sobre los pasos y palabras para ver quién fui. Como si fuera a olvidarlo pronto todo. Como si todo ocurriese sólo para ser olvidado. Como si la memoria fuese un hurto de lo que se pierde en el tráfago de los días. Como si apuntarlo todo y luego leerlo te diera un yo distinto. Entonces apuntar también la necesidad de ser narrador de uno mismo. La necesidad de ser ese otro cuya vida es narrada. Soy también esa entonces justo ahora: la que se mira a sí misma escribir sobre sí misma. 

miércoles, enero 15

Jano



Me sueño a punto de subir a un escenario. Soy un personaje dividido en dos. Mi rostro contiene dos historias. Hay pequeños pedazos de papel con texto pegados en mi rostro. Alguien arregla las luces. Alguien me acompaña en el escenario. Se trata de Guillermo, un chico que conozco y que es actor y bailarín. Se trata de una puesta en escena amateur. Hay público. Guillermo me da un abrigo blanco. Me lo pongo y me miro en el espejo. No soy yo. Soy un personaje dividido a punto de subir a un escenario. He olvidado mi parlamento. 

jueves, noviembre 28

Habitar



Durante varios años he soñado una casa que no existe. Al menos no en el mundo real. Se trata de una casa antigua con innumerables habitaciones llenas de muebles, enseres y adornos, de esas casas cuya decoración es barroca, abigarrada. En cada uno de mis sueños ignoro la razón de por qué me encuentro en esa casa. Sé que no es mía y que todas las cosas que la habitan son ajenas, sin embargo, al mismo tiempo sé que algo de ese espacio, de ese ambiente enrarecido me pertenece. En cada uno de mis sueños deambulo por distintas habitaciones o alguna de sus múltiples estancias. Por lo general abro los cajones de tocadores, armarios y escritorios. No sé si busco o sólo exploro pero me fascina encontrar pequeños objetos inesperados. He estado en la biblioteca, en una gran bodega y en los enormes patios. He estado en salas llenas de figurillas cuyo polvo habla quizá de que sólo yo visito ese lugar. Anoche, por ejemplo, estuve en una de sus recámaras con las paredes pintadas de un verde que alguna vez fue verde. Junto a la cama había un tocador extraño lleno de cajones grandes y pequeños. Cajones inverosímiles en cuyo interior había telas, ropa, vasijas de madera y cajitas que adentro guardaban los más diversos contenidos. Recuerdo en especial unas cajas de madera en forma de gato. Gatos de orejas rojas con corbatas rojas. Adentro de esas cajas había otras pequeñas cajas que a su vez contenían lentejuelas y pedrería decorativa. Todo parecía pertenecer a otra época. Todo parecía no haber sido tocado durante mucho tiempo. También había unas mascadas lindísimas que me probé frente al espejo. Frascos vacíos de perfumes que alguna vez. Pequeños adornos totalmente inútiles. Me recuerdo ahora frente al espejo de esa habitación que no existe con una mascada de color azul rey en mi cuello y un gato de madera en la mano. Me recuerdo con el fondo verde de una pared que tampoco existe y me sé, desde hace años, habitando una casa que no es mía, que sólo existe en mi cabeza. 

jueves, noviembre 7

Divertimento No. 'w98'75'2835



digamos que de pronto sin aviso
sin aviso de derribo
sin derribo ni caída
digamos que el aviso 
es el derribo
que la caída 
nos hace
más pronto
imprecisos
digamos que habitamos
el derribo
como quien cae
sin aviso
en lo preciso
y es preciso
el aviso 
de caída
el derribo
que digamos
que nos hace 
más pronto 
imprecisos



miércoles, noviembre 6

Variaciones sobre la necesidad del registro


No turbes ya las cosas que nos rodean.
Todo es un instante.
Salvador Elizondo, Farabeuf


Uno


Pienso en la necesidad de registro. En la necesidad de dejar constancia de lo que hacemos. La necesidad del archivo. Un conjunto de documentos, de datos, de dispositivos que fijen lo acaecido. ¿Se trata en todo caso de un asunto de territorios? ¿Un asunto de cotos? La necesidad de establecer un plazo concreto en el devenir, en el tráfago de lo efímero. ¿Por qué ese deseo de permanecer como una anotación? ¿Por qué esa necesidad de hacen un recuento, una marca, un hito en los días y las horas?

Dos

Pienso en si podría hacer un registro de tu cuerpo, de tu voz, de tus palabras. De ti. 
Un registro corpóreo.
De tus brazos, por ejemplo, en mi espalda, sobre mi cabeza [Ese justo momento de pertenencia. 
De pertinencia. Lo pertinente que se presiente. 
Lo que presentido es, en todo caso, pertinente por la pertenencia].
// tus manos mesando mis cabellos.
la precisión de tus huesos // el peso exacto de tu cuerpo //
la finísima sombra que te cubre //
Un puntual registro de la mirada 
// mi mirada sobre tus hombros, en el espejo // me-vi-mirándote ¿sabes? // esa clase de revelación // esa clase de otredad vs. mismidad [ese instante que ignoras y que mío, acotado ya en mi memoria].
Un registro auditivo.
De cada una de tus voces, de las inflexiones,
de ciertas palabras que no son comunes y 
fluyen en tus conversaciones como si tal cosa.
Como si fueran las claves de algo, un mensaje
que no alcanzo a descifrar. 
Como si no nos pertenecieran. 
Como si hubiesen sido usadas en otra historia ya pero ahora estuvieran reescritas sólo para esta ocasión. Esa clase de misterio compartido.
O de lenguaje lateral.
De las risas grabadas y del verbo rebobinar.
De cómo puede uno repetir y repetir algo que ya ocurrió y que en un archivo de audio.


Tres

Eso, el archivo, el registro.
La forma de decir estoy aquí sin estarlo.
La forma de decir he estado aquí. Estuve aquí. Todo estuvo aquí.
El archivo como constatación de lo real.
Como si el archivo fuera sustento ontológico. Pero no.
¿Es un documento un cimiento?

Cuatro

Todo lo que he guardado en diarios, cartas, anotaciones.
Todo lo que he destruido. La destrucción de los archivos o el borrón y cuenta nueva.
El archivo físico como muleta de la memoria.
El archivo físico como memoria.
La necesidad de combatir el olvido. Pienso en Farabeuf, inevitablemente.
Pienso en el ritual de la mano y la escalera.
En el ritual de los espejos. En ese segundo que la memoria repite incesantemente.

Cinco

Yo también, le diría.
Yo también llevo un registro de las cosas por si el olvido.
Después recordaría ya para siempre el momento exacto en que ella le dijo la razón por la que llevaba un registro.
Recordaría que se lo dijo casi al oído, la poca luz que se filtraba entre las cortinas. El olor compartido con las palabras. 
Recordaría también todo lo que hubiera querido decirle.
Esa manera de combatir la desmemoria.
Ese asunto de ir en contra de la desaparición de los hechos.

Seis

Te diría con Farabeuf: es bueno siempre la cifra de los días
es más fácil recordar las cosas cuando sabemos, al menos,
en qué día acontecieron.
Te diría, citándolo una vez más: recuerda, pues, una a una, las cosas que no deseas olvidar.

Siete

Lo convertiría en una anotación. En una asunto de escritura. Sistemático. 
Querría apuntarlo para fijarlo.
Querría decir: esto está ocurriendo ahora. 
Querría apuntalar la realidad de lo Real.
La corporeidad como memoria y posibilidad.
Querría decirle que nombrar es, en todo caso una forma de habitar.
Que el registro es hábito, habitación, hábitat.

Ocho

En la adolescencia llevé un registro de mis lecturas. Todos esos libros de la biblioteca que leí quedaron registrados en amarillentas hojas de papel revolución. En mi máquina de escribir elaboraba el registro: título del libro, editorial, año de publicación, número de páginas, fecha de inicio y de término de lectura, resumen del libro, impresiones de la lectura. No sé por qué empecé a hacer ese registro. Leíamos de seis a doce libros por semana. Quizá era la necesidad de dejar constancia del viaje, del tránsito de un mundo a otro. De una época a otro. De un detective a otro. // Lo que recuerdo es que me parecía que mi verdadera vida era esa: la que ocurría en los libros. Ahora pienso que llevar el registro de mis lecturas era una especie de álbum fotográfico familiar: era como si me tomara una fotografía con cada libro. Como decir: estuve aquí, fui esta, esta imposiblidad también me perteneció.

Nueve

El registro como propiedad. 
El registro como padrón y matrícula. 
La cédula.
El índice.
La nomenclatura.
El registro como catálogo

Diez

Decir: quiero registrarte como escritura y como presente y como algo que se vuelve más real porque es nombrado.

Decir: quiero producir presente contigo.

Decir: quiero no decir nada y que eso signifique que el presente fluye, que lo real ocurre, está ocurriendo. Que habitamos un presente que no necesita ser dicho para ser.

Decir: esto pudo haber sido dicho una y otra vez en todos los tiempos en todas las formas en todo lo posible y lo imposible en cualquier clase de distancia o lenguaje.

Decir: esto pudo no haber sido dicho. 

Decir el decir como registro.
Argüir la escritura como método.

Decir: soy real, justo ahora, porque escribo, porque registro.

Decir: quiero-producir-presente-contigo.

jueves, octubre 24

Tubo de ensayo #3

Dices fascinación con las cosas que no se dicen.
Dices ganas de estar, de quedarse.
Dices de eso se trata ¿no? de ir encontrando un camino.
Y yo pienso en un elevador. 
En el interior de un automóvil.
Una órbita/un asteroide.
En una habitación sin espejos/con espejos. 
Yo pienso en un hotel/motel.
En una cama/no cama.
Yo pienso en lo proscrito de la palabra piel.
En el sudor de mis manos/en el sudor.
Yo pienso en las sábanas/no sábanas.
En las risas que también puede ocasionar la hebilla de un cinturón.
Yo pienso en los botones oblicuos.
En la premura/no premura.
En los pequeños roces que son lenguaje.
Yo pienso en leerte/no leerte.
Un cuerpo que se dice a sí mismo en el no decir.
Uno o dos cuerpos frente a un espejo/no espejo.
Algo que viaja millones de kilómetros.
Yo pienso en un planeta/no planeta.
En la pregunta sobre si has soñado alguna vez con ser un cuerpo celeste.
Digamos.
Sí, digamos. 
Que pienso en un sueño/no sueño.
En conversaciones/no conversaciones.
Digamos que algo dice el no decir.