viernes, enero 8

Underground


Leo Underground de Murakami y pienso que no hay mejor memorial que el testimonio. Desanonimizar a las víctimas y a los familiares de las víctimas, que son también, y desde luego, víctimas. Saber que lo ocurrido (muerte, heridas, secuelas, estrés postraumático) le ha sucedido a alguien con una historia, con una vida. Humanizar abre la puerta a la empatía. Se trata de que el otro, ese otro, tenga rostro. Se trata de podamos ver que ese rostro es también nuestro. La continuidad de nuestro cuerpo en el otro de la que hablaba Bifo: la ética. Es decir, se trata de que el cuerpo (la existencia) del otro, se convierta en algo propio, que nos importe, que nos duela.

Lo que hace Murakami en Underground es trazar una cartografía testimonial alrededor de los ataques terroristas con gas sarín ocurridos en el metro de Tokio en 1995. Ayudado por sus asistentes, Murakami se dio a la tarea de contactar a los sobrevivientes a través de un minucioso rastreo. Las cifras históricas refieren a más de 3000 heridos y 12 muertos. Había aproximadamente 5000 personas esa mañana en los vagones. Murakami entrevistó a poco más de sesenta personas y pulió los textos con cada uno de sus entrevistados cuantas veces fue necesario. Tres cosas estaban al centro de estas conversaciones: la vida, la historia personal del sobreviviente; su experiencia en el momento del momento del ataque; y las consecuencias de ese suceso en su presente.

El libro está divide en cuatro apartados, cada uno correspondiente a las líneas del metro afectadas. La mayoría de las personas que aceptaron narrar su experiencia decidieron utilizar un seudónimo en lugar de su nombre real. Murakami explica la posible razón por la que hay más testimonios de hombres que de mujeres: éstas estaban sujetas a pedir permiso a sus familias o a sus maridos. Undergound se publicó originalmente en 1997, el ataque estaba reciente y había mucho miedo a posibles represalias de la secta Aum, perpetradora del atentado.

¿Qué queda de una experiencia sino la memoria? El testimonio es la comunicación de la memoria. El testimonio es la manera en que la experiencia puede seguir haciéndose presente. Leo las narraciones que de sí mismos hacen los sobrevivientes del gas sarín y me parece todo tan cercano que olvido por completo que esto sucedió hace ya dos décadas. Todo parece haber ocurrido apenas hace unos días o unos meses. Todo parece haber ocurrido muy cerca de aquí. 

miércoles, noviembre 25

Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela


No tengo zapatos con historia. Los que tenían algo que narrar fueron quedándose en el camino: maltrechos, con tacones desgastados o suelas que fueron despegándose del resto como si quisieran emprender una vida aparte. 

Soy una convencida de que los zapatos que se hacían antes tenían la capacidad de durar más años. La obsolescencia programada ha llegado también a nuestros pies. Antes, cosidos, ahora pegados. Antes con suelas de goma, ahora con suelas sintéticas. La mayoría de mis zapatos del presente han sido fabricados para que vivan conmigo apenas dos o tres años. Apenas lo que han durado mis relaciones amorosas más largas. 

Recién me compré unas hermosas y poderosas botas rojas con las que espero formalizar una relación que dure, por lo menos, diez años. Al cabo de ese tiempo tal vez tenga una historia que contar de ellas: hacia dónde me llevaron, qué suelos pisé, que historia construí mientras mis pasos se enfundaban en ellas.

De mis zapatos del pasado los que más recuerdo fueron unos que me regalaron cuando estaba en el bachillerato. En ese entonces iba a la escuela con unos tenis que alguna vez habían sido blancos y que estaban más bien despegados hacia el noroeste, de modo que mi tres deditos más pequeños encontraban sitio para una ventilación permanente. Fue una amiga, Nery, quien me obsequió unos zapatos de segunda mano. No estoy segura si los había usado ella o alguien más de su familia, pero se amoldaron perfecto al tamaño de mi pie. 

Se trataba de unos zapatos color café claro, tipo mocasín, con agujetas al frente. Eran más bien unos zapatos masculinos, aunque no necesariamente creo que hubieran pertenecido a un hombre. Lo que más me gustaba de estos zapatos era que en la suela, por alguna extraña razón, tenían dibujado el mapa de una carretera. Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela. Me sentía tan importante usándolos. Nadie ahí usaba mocasines como ésos. Estaban en bastante buen estado y yo pensaba que esos zapatos me hacían especial, que usar esos zapatos dirigiría mis pies por muchas carreteras, que esos zapatos me llevarían a viajar por lugares insospechados.

Recuerdo que por las tardes cuando llegaba a casa, solía quitármelos y voltearlos, para luego quedarme absorta viendo las rutas que se podían trazar en ellos e imaginar todos esos lugares desconocidos a los que algún día me llevarían. Esos zapatos eran una llave para algo que sabía imposible: irme de ese pueblo, tener otra clase de vida, ser una persona que tuviera historias por vivir y contar.

No sé qué fue de esos zapatos. Toda mi adolescencia es niebla. Apenas si conservo flashazos de los episodios de mi vida, así que ocurre igual con los objetos. Si hago un gran esfuerzo puedo reconstruir, quizá más bien recrear o reinventar esos zapatos, sus suelas que prometían toda clase de aventuras, que prometían un futuro.

Nunca viajé con ellos. Los mocasines-carretera nunca salieron de Ciudad Valles. Estoy segura de que los usé hasta que ya no pude andar más con ellos. Hasta que fue imposible poner un pie sobre el asfalto confiando en su buen cobijo. Estoy segura que sus suelas-cartografía terminaron casi borradas en algún basurero, que no hubo más historias para ellas que las imaginarias. Sin embargo, cumplieron su promesa: hubo futuro y carreteras, hubo este largo viaje que me lleva cada vez más lejos. 


miércoles, agosto 19

Este ir sin GPS

Estoy escribiendo un nuevo libro. Qué puto trabajo escribir un nuevo libro. Como que se me olvida la guerra que me dieron los otros. Como que se me olvida que años, que tardes, que borraduras. Como que se me olvida y quiero escribir veloz y fluida. Como que se me olvida que no soy ni veloz ni fluida, que las cosas que escribo siempre van lento, una versión de la versión de la versión. Un pasito con bastón, un arrastrarse con muletas. ¿Por qué se me olvida que no puedo manejar, que no sé manejar, que las autopistas y yo no tenemos historia? Ni los volantes ni nada. 

Voy a pie. Calle por calle. Esta esquina y luego la otra. 

Escribir es este perderse. Este ir sin GPS.

sábado, agosto 8

Máquina medium

Soy incapaz de recordar el olor de mi madre. Sé que alguna vez estuvo en mi nariz y luego ya sólo en mi memoria, pero que en algún momento de la adolescencia ese aroma y su evocación dejaron de existir. 

Como único vestigio, tras su muerte, quedó un frasco abarrocado de color rosa. Era su perfume. Debió ser algo muy dulce. No maderas. No floral. En todo caso afrutado, cítrico. Debió ser una fragancia que tal vez ahora me empalagaría. Pero estoy divagando porque lo cierto es que voy a ciegas, me quedan ya muy pocos recuerdos de ese pasado remoto. Lo cierto es que a veces pienso que ese pasado, mi pasado, nunca existió.

Los días y los meses que siguieron a la muerte de mi madre, cuando quería recordarla, sentirla cerca, pegaba mi nariz al pequeño orificio por donde tantas veces había sido atomizado el líquido interior para llegar hasta su cuello en forma de pequeñísimas gotas. Entonces mi madre era sólo eso: ese fantasma que podía aspirar. Mi madre era ese tenue olor que se aferraba a mi nariz. 

Un día descubrí que el frasco ya no olía a nada. Había perdido todo su poder de máquina del tiempo, de máquina resucitadora, de máquina médium. El perfume había desaparecido y con él toda posibilidad de acceso sensorial a mi madre. Guardé durante muchos años todavía aquella botella vacía, como si creyera que mágicamente algún día podría hacerla aparecer de nuevo. 

Pero también perdí esa lámpara de Aladino. Posiblemente fue en alguna mudanza. No tengo la más mínima idea de qué pude haber hecho con ella. La ausencia es una cosa que permea por capas a las cosas. Como la humedad. Como una niebla súbita que no te deja ver lo que tienes a medio metro de ti, lo que sigue después. Pienso en el hecho de que aún puedo recordar vagamente la imagen de la botella de ese perfume. Pienso en que también olvidaré eso. No quedará nada de mi madre en mi memoria. Como si todo fuese un sueño. Lo digo porque en los sueños uno no alcanza a saber por qué se encuentra en tal lugar. Uno no recuerda cómo es que llegó ahí. 

martes, agosto 4

Estos días perdidos y prestados

Sucedió mientras caminaba por una acera flanqueada por una pared verde de tantas plantas y tanta humedad, bajo copas de árboles que aún mecían gotas de lluvia entre sus hojas. De súbito lo supo: estaba viviendo los días de una vida prestada en una ciudad prestada. Aquello era sólo un escenario. Los troncos, los tallos, el verdor incrustado en todo ese asfalto era utilería. Ese presente y su futuro eran ficción.

miércoles, junio 10

¿Vuelven las cosas a su sitio?


¿Vuelven las cosas a su sitio?
Vuelven, sí, a veces.
¿Y qué se hace entonces?


1. He estado pensando en mi ausencia de raíces. A veces el pasado (mi pasado) es el pasado de alguien más. Como si tuvieras el superpoder de recordar el pasado de los otros y uno de eso otros fueras tú. 

2. He estado escuchando la discografía de Kiss. ¿Cómo fue posible que en todos los años de mi vida nunca los hubiese escuchado? Me dicen que seguro los debí haber oído en alguna parte, pero yo les digo que no. La música en off no cuenta como registro. La música en off es todo lo otro que pasó cuando no estabas ahí. 

3. He seguido soñando que vivo en casas enormes y ajenas. Ajenas pero propias. Ajenas pero ajenas.

4. He estado leyendo a Charles Simic. Leo sus memorias. Qué magnífica es su capacidad de narrarse. 

5. He estado tomando diazepam. Qué felicidad. 

6. He estado escribiendo algunos poemas de lírica translírica o lírica zombie o lírica post.

7. He seguido yendo a terapia. Mi terapeuta dice que es probable que pronto me de de alta. No quiero que me de de alta. Siempre me encariño con mis terapeutas.

8. He estado yendo a caminar al estadio. Si no hiciera tanto calor en esta ciudad mis caminatas serían más felices de lo que son.

9. He estado leyendo poesía argentina, la cual me hace intensamente feliz y me plantea muchas preguntas.

10. He estado amándote mucho, cada día de forma distinta.

11. He estado dejando que las cosas vuelvan poco a poco a su sitio sabiendo que no hay sitio ni retorno.


jueves, junio 4

He vuelto a soñar que vivo en enormes casas antiguas


He vuelto a soñar que vivo en enormes casas antiguas. Son sueños que siempre ocurren en tonos verdes. Las casas están llenas de muebles viejos. Todo está repleto de pertenencias ajenas: ropa, utensilios, cartas, fotografías. Como si aún estuviesen habitadas por otras personas y yo fuese una intrusa. Pero no, las casas me pertenecen. He llegado para tomar posesión de ellas y las recorro detenidamente. Habitación por habitación voy abriendo cajones, vitrinas, cómodas, armarios. Voy hurgando entre papeles y texturas. Hay siempre olor a humedad, como si todo estuviera a punto de sumergirse. Como si todo estuviera dentro de un sueño o de una pecera.

Pero nunca puedo saber dónde terminan esas inacabables casas. Siempre hay una estancia más por ver. Siempre una puerta más que traspasar. Anoche, por ejemplo, me detuve mucho rato en una recámara revisando todo lo que había en un tocador. El maquillaje, los perfumes, los afeites. Después el escritorio, lleno de documentos y libros. Luego me senté en la cama que estaba sin hacer y me quedé pensando en todas las personas que durmieron antes sobre esas sábanas. En cuántos años tendrían sin que nadie pasara su mano por su superficie. De cualquier forma no tuve el valor para recostarme en ella. Sólo me quedé ahí, sentada, sabiendo que toda aquella escena no podía ser real.

domingo, abril 26

Siempre somos otros.



1. Lo que te envío son imágenes de mí que nunca antes. ¿Quién crees que es la de las fotografías? ¿Acaso piensas que no hay disfraz cuando uno se desnuda? Siempre hay disfraz. Siempre somos otros. Siempre somos los otros que fraguamos para la memoria. Una colección de registros perdidos en el tráfago de los días. Yo te envío mi mejor desnudez, lo que es decir, mi mejor disfraz. Yo te envío la que soy para ti. La que he fraguado justa y específicamente para ti. 

2. He inventado todo lo que soy para no dejar vacíos los renglones donde debiera ir lo otro: la otra, la verdadera.

3. Lo que hacemos es suspender por un instante la pérdida. Lo que hacemos es plantar la cara frente al espejo y esperar vernos ahí. Lo que hacemos es creer que somos algo más que obras negras. Algo así como intentar salvarnos de la insoslayable catástrofe. Lo que hacemos es esperar, impávidos, el hongo, la nube de ceniza del volcán, esa clase de inminencia.

4. En mi sueño he quedado atrapada en un edificio. Una lluvia imparable ha inundado la ciudad. El edificio ha sido arrancado de raíz y flota a la deriva de la corriente. Todas las ventanas permanecen intactas. El edificio se precipita hacia alguna desembocadura. El vértigo me hace querer escapar. 

5. Muchas veces me he preguntado si fue de mi padre de quien heredé el oficio de la huida. La rutina del embalaje furtivo. Lo que es decir: estoy aquí, pero algo de mí ya se ha marchado. Alguna de las que soy a tomado su equipaje y ha cerrado la puerta. 

6. ¿Quién soy cuando me invento para ti?