jueves, enero 15

Atrapasueños



Tuve sueños extraños y amanecí un poco triste. En mi sueño llevaba a un hombre moribundo al hospital. Creo que soñé eso porque recién me enteré que el ingeniero Balderas está en fase terminal del cáncer que padece. El ingeniero ha sido mi compañero de trabajo por cuatro años. Meses antes de que enfermara viajé mucho con él al cuatro distrito para hacer un levantamiento sobre los artesanos de la zona. Es un hombre sencillo, puede resolverlo todo, siempre está de muy buen humor y es un gran conversador. Uno de esos días, estando en Tula, después de haber entrevistado artesanos durante todo el día, pasamos por un depósito a comprar unos six de cerveza y en una mesita en el patio del hotel nos pusimos a beber y a platicar. Nos dieron las dos de la mañana. Estábamos ya un poco ebrios. Él me estaba platicando la historia de su vida. Al día siguiente nos levantamos temprano y almorzamos unas gorditas en el camino. Me acuerdo que viajando con él en carretera y mientras intentaba enseñarme a manejar, pensé que me hubiera gustado tener un padre como él.

miércoles, enero 7

El drama del lavaplatos o el corte de caja del mecanismo asistido



Ayer terminé de leer El drama del lavaplatos de Eugenio Tisselli y compré mi primer libro electrónico: Esto no es una novela, de David Markson. Ambas cosas me dejaron con el ánimo de quien se asoma al espejo esperando ver su propio rostro y descubre otra cara dentro del marco. Asombro y fascinación lo primero; extrañeza lo segundo.

El epílogo de El drama del lavaplatos, esta reflexión de Vicente Luis Mora sobre si la PAC (poesía asistida por computadora) puede ser capaz de re-crear versos gongorinos, y la lectura misma de los poemas {cuya estructura empieza con la introducción de un "verso semilla" en castellano, lo vierte al inglés con una traducción automatizada de las que hay en internet, a esta versión inglesa le busca sinónimos ingleses, y es ésta la que otra vez la máquina traduce al castellano. Con tal resultado final, el autor sólo interviene para suprimir incoherencias gramaticales o, si le gusta, simplemente lo deja como está. Una vez conseguido el primer verso, lo toma  de nuevo como "verso semilla" para fabricar el siguiente y así hasta completar el poema.}me dejaron, literalmente, patidifusa.

¿Puede una máquina crear poemas? Me lo pregunto retóricamente porque lo cierto es que de antemano y en automático mi respuesta es que sí. Lo pienso porque ya antes usé The Lazarus Corporation Text Mixing Desk v2.0 (en una versión anterior) en la construcción de un texto titulado Frito-Lay.

La mesa de mezcla de The Lazarus Corporation es muy sencilla en realidad. Uno vierte en el recuadro fragmentos de los textos que desee mezclar, ajusta las especificaciones de la cantidad de palabras para el corte y la máquina hace lo suyo. Del resultado uno sólo tiene que hacer pequeñas sustracciones y adicciones para desbrozar algunos posibles sentidos de las lexias. 

En esta última máquina se trata de cortar-mezclar-postproducir. Pero me intriga y me seduce aún más la estructura de El drama del lavaplatos porque implica una suerte de maleabilidad del lenguaje. Estiramiento. Elongación. Algo así como torcer el lenguaje. Esta idea de tomar las palabras de un verso semilla y llevarlas a su equivalencia en otra lengua para luego alterarlas, es decir, convertirlas en otras (en un Otro verso) a través de la sustitución por sinónimos, y después traducir este verso alterado al español, me resulta apabullante.

Se trata de traducir y retraducir. Se trata de alterar. De traducir algo otro. Se trata de la otredad de ese verso semilla. Quizá me alucino, pero no es para menos. La máquina escritural de Tisselli me ha volado la cabeza casi sin darme cuenta, porque comencé a leerlo ya con la experiencia previa de The Lazarus y mi expectativa era que caminaría por terrenos firmes. Pero no. Lo de Tisselli es otra cosa. Otra poesía. Lo otro de su poesía. Una poesía que se hace otra a sí misma asistida por la máquina creada por el propio poeta. Esto me hace pensar en la palabra inception, misma que el traductor de google me traduce como comienzo y de la cual Word Reference me ofrece todos estos sinónimos: iniciación, inicio, origen, principio, inauguración, arranque, nacimiento, causa, fuente.

Creo que El drama del lavaplatos es, sin duda, un comienzo, pero también una iniciación. El arranque de una poesía-mecanismo, una poesía-máquina-otra.

Leer a este libro de Tisselli provocó un efecto en mí al que sólo puedo referirme como un Corte de caja.

¿Puede, en efecto, una máquina, escribir poesía? Aquí, para mí, la respuesta. Después de todo sólo somos máquinas deseantes.







lunes, enero 5

Algunos pasos apuntan siempre al mismo sitio



Que nadie escribe ya en sus blogs, me dicen. 
Que es letra o pantalla muerta.
Yo digo que esto es un cuaderno en el que a veces apunto 
y apunto mal
o apunto bien.
La cosa aquí es venir a decir que uno está.
Que uno existe como palabra o como discurso.
La cosa aquí es narrarse un poco.
Construir la ficción que uno es cuando se dice a sí mismo.
Y lo cierto es que me gusta construir eso que soy cuando 
hablo de mí.
Esa que soy cuando vengo y digo: aquí estoy. Existo.
Hoy bebí leche de almendras y no me quedé dormida.
Hoy Vladimir temblaba de frío cuando lo cargué esta mañana.
Hoy desperté sin ti y también te extrañé.
Me gusta venir a decirme aquí. Así que vendré 
a verme el rostro-pantalla en la pantalla muerta 
de este blog que no tanto.

jueves, noviembre 20

Cosa de naufragio (cito)


Supongo que recordaré estos días como quien recuerda una deriva. Quizá quise decir un viaje pero usé la palabra deriva. Recordar que hubo días en que no se iba a ninguna parte es también naufragar un poco. Un pequeño derrumbre, no derrumbre sino derrumbre. Como quien mezcla las palabra derrumbe y herrumbre. 

Quiero decir que no me molesta este no ir a ninguna parte. Este quedarse quieto de todas las cosas. 

jueves, septiembre 18

Para poder caminar en los parques


Me parecía entonces que los días se perderían en cosas inútiles. En papeleo rutinario. Me parecía que los días más limpios y soleados serían archivados para poder usarlos más tarde. Para poder caminar en los parques, sacarlos del bolsillo, aún intactos, y estrenarlos años después. 

domingo, agosto 31

Los libros sobre la cama

Los libros sobre la cama se acumulan con los días. Los miércoles Andrea los recoge y los vuelve a poner en orden, es decir: los desordena del orden que tenían en mi desorden. He estado muy dispersa en mis lecturas. Apenas si he tenido la constancia para leer algunos libros completos y de un tirón. Este año ha sido uno de esos en que no logro concentrarme en las lecturas por lo que leo un poco de un libro y lo abandono para ir a leer otro poco de otro. No sé a qué adjudicárselo. La verdad es que prefiero las épocas en que soy consistente y bienportada en mis lecturas. Supongo que es un problema del primer mundo porque recuerdo que cuando no tenía libros en casa para leer y sólo tenía acceso a ellos a través de las bibliotecas tenía que leerlos con orden y disciplina, además de con tiempo medido porque había que devolverlos en el plazo establecido. Ahora tengo varios libreros en casa y a veces me paro frente a ellos sabiendo que esos libros son míos, que me pertenecen. Que puedo leerlos cuando me venga en gana. No hay prisa. Ni orden. Que puedo llevarlos a la cama a que duerman conmigo. No importa que no los lea. Me hace feliz saber que me acompañan durante el sueño. Que algo de lo que los habita está ahí mientras duermo. Es un fetiche, lo sé bien, pero me hace feliz poder cumplirme esa manía. Por supuesto que si estuvieras aquí tendría que habilitar ese librero del que tanto hablo y no he conseguido; enseñarlos a cederte tu lugar acá.

jueves, mayo 8

Bienvenido Vladimir


Este es Vladimir. 
Nació el 27 de marzo de 2014. 
Llegó a nuestras vidas el 7 de abril de 2014 pesando 400 gramos.
Hoy le canté para que se durmiera.

jueves, febrero 27

Los habitantes de la nueva Victoria



La primera vez que lo vi entró al Café Cantón ofreciendo su trabajo a cambio de comida. Un anciano muy delgado con un costal al hombro. Traía un pantalón de vestir que alguna vez fue café claro y una playera roja que ostentaba el nombre de quien hace muchos años fuera candidato a un puesto de elección popular. Su estatura elevada, el cabello cano y el palo que traía en la mano a modo de cayado, báculo o lanza improvisada le daban un aire de Quijote moreno venido a menos, sin locura ni gloria, sin Sancho Panza ni Dulcinea. Un Quijote de a pie, sin Rocinante: sólo un hombre anciano y delgado con hambre pidiendo trabajo para poder comer.

Lo alcancé en la puerta y le dije que si quería desayunar se sentara y pidiera algo, que yo dejaría pagada su cuenta. El hombre aceptó y le trajeron la carta. Primero dijo que comería lo mismo que desayunábamos Perla y yo (entomatadas) pero como su mesa estaba al lado, insistí: puede usted pedir lo que desee, a lo mejor se le antoja otra cosa. El hombre se decidió por unos huevos con papa, chorizo y tocino, además de un café con leche y un pan. 

El caso es que terminamos de desayunar y nos fuimos. El hombre nos dio las gracias. Me gustó su sonrisa y las arrugas de su rostro. Me gustó que nos extendiera la mano y que su apretón fuera firme.

Después lo volví a ver sentado en una esquina con su inseparable costal al lado. Ese día traía un sombrero y esperaba en la sombra. 

Luego me lo topé de nuevo en el Café Cantón, mojaba una concha en un café con leche. 

Otro día lo vi de lejos caminando con su costal por la calle principal del centro. 

Y así.

Antier entró a nuestra cafetería habitual y se sentó en una de las bancas. Fui por un pan de plátano y ordené un café para él.

Ahora, que tengo la certeza de que es Dobbs y yo el hombre del traje blanco (cfr. El tesoro de la Sierra Madre), sé que nos estaremos encontrando constantemente. 

No sé quién es ese hombre ni cuál es su historia pero me hace feliz compartirle un poco de comida de vez en cuando.

jueves, enero 30

Esto no es un rompecabezas.



Llevo días y días escuchando a Dave Brubeck. Descubro en mí la necesidad de un ritmo o una cadencia que vaya atando las palabras y los días. Un pequeño, un finísimo hilo conductor que de sentido al tráfago, a todas las piezas sueltas. Porque en efecto: hay piezas sueltas. 

Decir: "en efecto: hay piezas sueltas" y saber que estas palabras son piezas que están sueltas. Tal vez leer el libro de Allan Kaprow me da todo otro contexto, todo otro escenario para esa clase de pensamientos (como el que acabo de describir) que suelen rondarme con frecuencia. 

No es como si alguien hubiese movido los muebles de su sitio. Es decir, uso esta imagen: uno se despierta o llega a su domicilio y se da cuenta que hay un pequeño movimiento. Un intersticio. Algo ha sido movido o cambiado: algo ya es otro o ya no está como antes. Un imperceptible. Pero no es eso en definitiva de lo que hablo: nada está roto, no hay fricción. 

Se trata si acaso de una flexión. Un rodeo. Algo está dando vueltas: hay piezas sueltas. ¿Qué significa que haya piezas sueltas?

Significa en todo caso que algo no está armado. Que algo está por armarse. Que algo puede ser armado, formado, ordenado. Algo está fraguándose. 

Las piezas sueltas: yo misma. 

Yo soy mis propias piezas sueltas. 

Soy yo quien se rearma. Quien se distancia de sí misma para observar todas sus piezas y notar que hay algunas sueltas.

En dos semanas debo poner todo en cajas. Cajas y cajas. Ordenar un archivo. En todo caso el archivo de mi vida. Mis libros, mi ropa, mis enseres, mi menaje. ¿Somos ese conjunto de objetos que nos circunda? Como una suerte de halo vital, existencial. Somos sartenes y vasos y sábanas. Somos escritorios y lavabos y sandalias. Somos cucharas y lámparas y percheros.

Todo lo nuestro cabe en cajas.

Todo lo que somos, incluso nosotros mismos (lo sabemos, terriblemente lo sabemos), puede ser dispuesto en bolsas negras o en maletas.

Pequeñas cajas para transportar todas las piezas de nuestra existencia.

Me imagino de pronto (mientras escucho Bluette de Brubeck) la enorme carretera pintada de negro de la que habla Kaprow en su happening Lluvia, me imagino también los árboles rojos y los barcos de papel. 

Me imagino también todas mis pertenencias flotando en torno a mí. En pequeñas burbujas. ¿Cuánto es lo que poseemos? Mesas, sillas, un dormitorio, una estufa.

Estoy pensando en objetos y en pertenencias. Descubro que últimamente.
Estoy pensando en cuerpos y tiempo. En cuerpos a través del tiempo. En lo que el tiempo a los cuerpos.
Estoy pensando en cómo pasa el tiempo por los cuerpos.
Estoy pensándote también como un cuerpo.
Estoy pensando en el tiempo y en mi cuerpo.
En el lenguaje.

Me descubro pensando en cómo el tiempo y el lenguaje: los cuerpos.

Una maleta a punto de ser llenada. Una caja de cartón. Una bolsa de plástico.

Estoy pensando en escenarios y en cómo estos se mueven a través del tiempo. Estoy pensando en una cadena de palabras y en registros.

En registros puntuales de nuestras palabras y nuestros silencios.
Estoy pensando en bitácoras y cartografías.
En partituras pienso.
En las piezas sueltas y en el lenguaje.

En cómo ordenar. Cómo armar.

Estoy dejando que la partitura sea Brubeck.
Estoy dejando que todo se salga del lienzo.
Estoy dejando, en efecto, sí, algunas piezas sueltas.



lunes, enero 27

Como si todo ocurriese sólo para el registro


Me falta vida/tiempo para todos esos apuntes que quisiera hacer. Como si la vida, además de vivida, debiese ser descrita, escrita, y por supuesto reescrita. Vuelvo a la necesidad de registro. Esa que nunca se ha ido. No sé por qué hay en mí esta necesidad de registrarlo todo. Esta conciencia tan marcada y aguafiestas de lo efímero. Quiero apuntarlo todo y apuntar que estoy apuntando. Necesito esta clase de relectura. Como si al final del día tuviese que volver y revolver sobre los pasos y palabras para ver quién fui. Como si fuera a olvidarlo pronto todo. Como si todo ocurriese sólo para ser olvidado. Como si la memoria fuese un hurto de lo que se pierde en el tráfago de los días. Como si apuntarlo todo y luego leerlo te diera un yo distinto. Entonces apuntar también la necesidad de ser narrador de uno mismo. La necesidad de ser ese otro cuya vida es narrada. Soy también esa entonces justo ahora: la que se mira a sí misma escribir sobre sí misma.